
El rechazo es un dolor común. Ser rechazado no es fácil, y miente quien dice que no sintió nada cuando alguien lo rechazó.
Las personas imaginan el futuro, idealizan escenarios y sueñan con que todo pasará exactamente como lo planearon. Pero en el camino de la vida surgen muchas cosas inesperadas, y el rechazo es una de ellas.
Es imposible atravesar la vida sin recibir un «no», sin enfrentar un desencuentro, ya sea en una amistad, en una relación amorosa o incluso dentro de la propia familia. Y el rechazo duele. Duele de una forma tan particular que, si la persona no se cuida, le roba hasta el sentido de su propio valor.
La mente empieza a susurrar: «No soy lo suficientemente bueno», «No puedo tener lo que todos tienen», «Nadie me valora»… Pero nadie debe dejarse destruir por el dolor, y mucho menos medir su propio valor por las decisiones de los demás.
El dolor pasa. Lo que hoy duele mucho, mañana ya no duele. Aprender a separar quiénes somos de la actitud de los demás es fundamental para superar el rechazo. Cuando filtramos lo que sentimos, cambia la manera en que interpretamos los hechos. Empezamos a distinguir qué es dolor, qué es orgullo herido, qué es preocupación por la opinión ajena y qué es decepción.
El corazón crea historias, exagera escenarios y repite las palabras que nos hirieron. Dramatiza, amplifica y confunde. Pero cuando hacemos una limpieza interior, los sentimientos secundarios se disipan y queda solo el dolor real, ese que necesita ser tratado con verdad, paciencia y madurez. Eso se aprende. La fe le enseña a la mente y al corazón a reaccionar de forma más sana, porque el sufrimiento nos entrena para la vida. Cuando se enfrenta con Dios, no destruye: hace madurar. La vida resurge y la alegría vuelve. ¿Y existe mejor respuesta al mal que recibimos que salir adelante?
«Porque aunque mi padre y mi madre me hayan abandonado, el Señor me recogerá». Salmos 27:10




