¿Ya no tiene sentido continuar?
La esperanza es el combustible del alma. Es lo que le da sentido al esfuerzo, lo que sostiene la fe cuando todo a su alrededor parece contrario. Sin esperanza, las manos caen, la mente se llena de dudas y el corazón se enfría; pero cuando hay esperanza, incluso en medio del dolor, el ser humano encuentra fuerzas que no sabía que tenía.
Había un hombre que trabajaba cavando un pozo en su terreno. Día tras día cavaba sin ver agua. Sus vecinos se burlaban y le decían que estaba perdiendo el tiempo. Cansado y desanimado, decidió detenerse.
Esa noche, un anciano se le acercó y le preguntó:
—¿Por qué dejó de cavar?
El hombre respondió:
—Porque no encontré agua. Ya no tiene sentido continuar.
El anciano sonrió y le dijo:
—Si usted no cree que hay agua abajo, entonces nunca la encontrará arriba. Pero si cree, aunque aún no la vea, cada golpe de pala tiene propósito.
Al día siguiente, el hombre volvió a cavar, no porque ya viera el agua, sino porque decidió creer que estaba allí. Y después de unos días más, finalmente brotó el agua.
Piense en esto:
Muchas veces las personas se rinden no porque no haya respuesta, sino porque pierden la esperanza antes de tiempo. El problema no siempre está en la falta de resultados, sino en la falta de visión. La esperanza no es ignorar la realidad, sino decidir creer en lo que Dios puede hacer más allá de lo visible.
Medite:
“Porque Yo sé los planes que tengo para ustedes —declara el Señor— planes de bienestar y no de calamidad, para darles un futuro y una esperanza.” (Jeremías 29:11)
Este pasaje nos recuerda que la esperanza no es una ilusión humana, sino una promesa divina. Cuando usted cree que Dios tiene un futuro preparado, encuentra fuerzas para actuar hoy, resistir hoy y perseverar hoy.
Consejo:
Cuide su esperanza, porque de ella depende su fuerza. Aunque no vea aún el resultado, continúe “cavando”. Si Dios prometió un futuro, entonces su presente tiene propósito.