
Que tú no seas de los que hacen el mal no significa que todo el mundo actúe igual. No caigas en esa ilusión.
Hay gente que despierta en paz, y hay gente que vive en guerra.
Hay quienes andan en la luz, y hay quienes caminan cómodos en las tinieblas. Sería ingenuo creer que todos comparten nuestras mismas intenciones.
Y es justamente por pensar bien de todos que, de vez en cuando, terminamos sufriendo.
Aun así, es mejor sufrir por tener buenos ojos que tener el alma lanzada al infierno por tener malos ojos.
Para una convivencia sana, no necesitamos paranoia ni desconfianza.
Necesitamos discernimiento.
Y discernir no es sospechar de todos; es simplemente entender que no todos forman parte del Reino de Dios.
Menos romantizar las relaciones y más madurez en la fe.



