
La invitación de Dios a Abraham fue simple y, al mismo tiempo, imposible a los ojos humanos: contar las estrellas.
Cada punto de luz anunciaba no solo la promesa de un hijo, sino una descendencia incontable y un futuro que superaba cualquier limitación humana.
Al levantar la vista, Abraham no vio solo estrellas; vio el testimonio silencioso de la fidelidad divina y la certeza de que la promesa no dependía de las circunstancias, sino del poder del Creador.
Ante ese cielo infinito, Abraham entendió que Dios no solo le estaba prometiendo un heredero, sino que estaba iniciando una historia que atravesaría generaciones.
Contar las estrellas se convirtió en el símbolo de una fe que ve más allá de lo visible y confía en la Palabra de Dios aun cuando todo parece imposible y perdido.
Así también es con nosotros.
Muchas veces necesitamos salir de nuestras tiendas estrechas, donde el miedo, el control y la lógica humana nos limitan, y levantar la vista hacia la grandeza de Dios.
Podemos elegir vivir atados a la fuerza de nuestro propio brazo o caminar confiando en la fidelidad de Aquel que no falla.
La elección que hacemos determina todo nuestro futuro.
¿Los ojos en el techo de la tienda o los ojos en el cielo?




