
¿Qué padres les dieron una educación perfecta a sus hijos? ¿Qué niño vivió una infancia impecable, sin ninguna experiencia dolorosa? ¿Quién nunca fue rechazado? ¿Quién nunca sufrió una pérdida?
Seamos sinceros: todos sabemos la respuesta. Todos cargamos motivos para sentirnos tristes, inseguros o resentidos en algún momento de la vida. Vivir causa dolor y deja marcas. Y frente a estos dolores, lo que más vemos son personas que culpan a otras u ofrecen soluciones milagrosas y fórmulas mágicas para «arreglarlo» todo.
Pero la verdad es mucho menos glamorosa: vivir implica dolor porque el mundo en que estamos ya no funciona de manera perfecta. Fue creado para ser perfecto, y un día lo fue.
Hoy, en cambio, es un mundo caído, desgastado por tanta corrupción y quebrado por tantos errores humanos. Reconocer esta realidad y aceptar que todas las personas a nuestro alrededor nos van a fallar ya es un gran paso hacia la restauración interior. Es liberador entender que la vida aquí nunca será perfecta, nunca estará libre de dolor y nadie saldrá ileso mientras viva en este mundo.
Pero la vida puede ser verdadera y feliz en la presencia de Dios y, aunque esté atravesada por dolores, puede ser profundamente significativa. Porque, al final, no es la ausencia de sufrimiento lo que nos hace estar completos, sino la capacidad de seguir adelante, de amar y de servir incluso con nuestras cicatrices. Así es como la vida encuentra un brillo único: al ver el contraste entre lo que nos hirió y lo que nos transformó.
«Sana a los quebrantados de corazón, y venda sus heridas». Salmos 147:3
Que tus heridas sean sanadas y que sepas usar bien tus cicatrices.




