Hay muchas personas que no tienen la experiencia de conocer verdaderamente a Dios porque no actúan con sinceridad. El Creador sabe lo que hay en el corazón de cada persona incluso antes de que hable, piense, sienta o actúe. Por eso, nadie puede engañarlo con palabras bonitas, versículos o canciones emotivas. Lo que Dios busca es sinceridad, es decir, la verdad sin máscaras ni disfraces.
Sin embargo, muchos viven sostenidos por el engaño, la ilusión y la emoción. Se convencen a sí mismos de que están en la verdad, pero no se convierten a ella. Así, terminan desarrollando una fe superficial y falsa.
Esta es una de las razones por las que muchas personas, aunque estén en la iglesia, no reciben el Espíritu Santo. Asisten a las reuniones, hacen ofrendas y cumplen prácticas religiosas, pero les falta transparencia delante de Dios. Cuando hay falsedad, lo que se le ofrece pierde pureza y no puede ser aceptado como verdadera adoración.
Jesús afirmó que el diablo es el padre de la mentira (Juan 8:44). Por lo tanto, quienes eligen vivir en la falsedad se acercan a lo que él representa.
Dios, en cambio, busca personas verdaderas. Aunque alguien sea pecador, haya cometido muchos errores o sea considerado impuro a los ojos de los hombres, la sinceridad crea las condiciones para que Dios actúe en su vida.
Reconocer quién eres y admitir tus errores es algo que nadie puede hacer por ti. Pero cuando decides vivir en verdad y sinceridad delante de Dios, se abre el camino para un verdadero encuentro con Su Espíritu.
Y la verdad es el Señor Jesús, como Él mismo declaró:
«Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí.» Juan 14:6
Obispo Edir Macedo


