Hay dos tipos de fe: pasiva y agresiva. La fe pasiva es aquella en la que, aun creyendo en Dios, la persona acepta el fracaso y la derrota. Esto ocurre porque, en el fondo, no cree que Dios pueda sacarla de esa situación. Este tipo de fe trae la esperanza de que algún día la situación cambiará, pero no es suficiente para que eso suceda. Así, la persona se conforma con los problemas. Sin embargo, esta fe no agrada a Dios, porque es una fe religiosa, indefinida y acomodada.
La fe agresiva y valiente es la que Dios quiere que tengamos. Es la que le reclama a Él lo prometido en Su Palabra. Esta fe es sincera y auténtica.
También está la fe temerosa de Dios, que demostró un centurión de Capernaúm. Tenía un siervo paralítico, que sufría terriblemente y estaba al borde de la muerte. Entonces envió a unos ancianos de los judíos a hablar con Jesús, porque pensaba que no era digno de presentarse ante Él (Lucas 7:1-10). Es decir: es una fe humilde y temerosa de Dios.
«Al oír esto, Jesús se maravilló de él, y volviéndose, dijo a la multitud que le seguía: Os digo que ni aun en Israel he hallado una fe tan grande.» Lucas 7:9
Este tipo de fe, por supuesto, agrada a Dios tanto como la fe indignada. Son tipos de fe diferentes, pero verdaderos y auténticos. Dios quiere autenticidad y transparencia. No quiere una fe inventada o fingida, porque ya conoce lo más profundo de cada uno de nosotros.
Por eso, evalúa tu fe. Mira si no has sido una persona de fe religiosa, que solo vive administrando sus propios problemas. Al fin y al cabo, la fe que tenemos define cómo será nuestra vida, y no podemos reclamarle a Dios por ella.
«Y sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que Él existe, y que es remunerador de los que le buscan.» Hebreos 11:6
Por lo tanto, es fundamental que tengas una fe agresiva, porque, además de demostrar que crees de verdad en Dios, es a través de ella que alcanzas la manifestación del Altísimo y la salvación eterna de tu alma.
Obispo Edir Macedo


