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¿En qué grado está el dinero dentro de la verdadera prosperidad?

El dinero ocupa el último escalón, no porque sea malo, sino porque por sí solo no define la verdadera riqueza de una persona.

Para ganar dinero no es indispensable ser honesto, justo, responsable, disciplinado o cristiano.

La historia de la humanidad está llena de personas corruptas, inmorales, violentas, narcotraficantes y delincuentes que acumularon grandes fortunas. Sin embargo, ese dinero no les aseguró paz, convicción, esperanza, una familia sólida ni un legado digno para las futuras generaciones.

Por eso, el dinero no puede estar en la cima de la prosperidad.

Si el dinero fuera la principal medida del éxito, tendríamos que considerar prósperos a muchos que viven atormentados por el miedo, la culpa, la ansiedad, la soledad o la inseguridad. Y sabemos que eso no es así.

Por encima del dinero están los valores que provienen de Dios y que ninguna riqueza material puede comprar: la sabiduría, la honestidad, la gratitud, la fidelidad, el buen carácter, la responsabilidad, la empatía, el amor por la familia, los talentos desarrollados y el legado espiritual que permanece aun después de nuestra partida.

Estas son las verdaderas riquezas, los tesoros que ni la inflación, ni las crisis, ni los corruptos, ni siquiera la muerte pueden destruir.

El dinero simplemente amplifica lo que ya existe en el interior de una persona.

• Si alguien es egoísta, el dinero le dará más oportunidades para manifestar su egoísmo.

• Si alguien es generoso, el dinero le permitirá ser aún más generoso.

• Si alguien es esclavo de sus debilidades y fantasías, el dinero puede transformarse en un instrumento para su propia destrucción.

• Pero si alguien posee valores sólidos, como el temor de Dios, la gratitud y la fidelidad, el dinero se convierte en una herramienta para hacer el bien.

Les he enseñado a mis hijos que, cuando el dinero llega a nuestras manos, en realidad estamos siendo puestos a prueba.

La pregunta no es cuánto dinero tenemos, sino qué lugar ocupa ese dinero en nuestra mente y en nuestro corazón.

¿Somos nosotros quienes gobernamos el dinero o es el dinero quien nos gobierna a nosotros?

¿Lo utilizaré para servir mejor a mi Padre Celestial, a Su Obra y a mi prójimo?

Gracias a Dios, aprendí desde muy pequeño que quien ya es rico por dentro utiliza el dinero para suplir sus necesidades, ayudar a su familia, bendecir a otras personas y contribuir a la Obra de Dios.

Pero quien es pobre en valores espirituales y morales, aunque posea millones, seguirá siendo esclavo de sus deseos, sus miedos, su egoísmo, su materialismo y sus inseguridades.

El dinero y todo lo que puede proporcionar no constituyen la prueba final de una persona, sino apenas la primera.

Dios observa cómo administramos lo temporal antes de confiarnos lo eterno.

Quien demuestra fidelidad en lo poco, o en las riquezas pasajeras, se prepara para recibir riquezas mucho mayores:

• Una fe inquebrantable.

• Un carácter aprobado.

• Una conciencia limpia.

• Gratitud genuina.

• Amor verdadero y una profunda comunión con Dios.

Esas son las riquezas permanentes e incomparables que ningún banco puede guardar y ningún ladrón puede robar.

Porque la verdadera prosperidad no se mide por lo que una persona tiene en sus manos, sino por lo que posee en su corazón.

Llegué a esta reflexión basándome en un pasaje del libro de Job:

Si vuelves al Todopoderoso, serás restaurado. Si alejas de tu tienda la injusticia, y pones tu oro en el polvo, y el oro de Ofir entre las piedras de los arroyos, el Todopoderoso será para ti tu oro y tu plata escogida. Porque entonces te deleitarás en el Todopoderoso, y alzarás a Dios tu rostro. Orarás a Él y te escuchará, y cumplirás tus votos. Decidirás una cosa, y se te cumplirá, y en tus caminos resplandecerá la Luz. Job 22:23-28

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